Yolanda Martín Mateos · Ecommerce por dentro

Tengo 55 años. Y eso es exactamente por lo que me contratan.

En este sector, mi edad se supone que es un problema.

Aquí el que vende inteligencia artificial tiene veintiocho años, ha montado dos tiendas de las que venden fundas de móvil, y llama «crecer» a facturar tres mil euros.

Yo he estado quince años dentro de empresas de verdad. Shimano. Rotor. Albal. Kellogg's. Pernod Ricard.

Dentro. No dando charlas sobre ellas.

No me fui. Me quedé fuera.

Un día me encontré sin trabajo y sin ninguna posibilidad real de encontrarlo. No por lo que sabía hacer. Por el año que ponía en mi currículum.

En casa teníamos otra cosa. Mi marido tenía una tienda de motos y una web-catálogo que le mantenía una empresa inglesa.

Tres mil euros al año. Por una web que él no podía tocar.

Tres mil euros al año por pedir permiso.

Así que hice lo único que se me ocurrió: me apunté a un curso de WordPress y WooCommerce, y me senté delante del ordenador ocho horas al día.

Catorce días después, la web estaba rehecha. Entera. La tienda y el catálogo del negocio nuevo, el de bicicletas.

Aquella tienda —componentes, accesorios y bicis— nos dio de comer.

Después llamó el profesor de guitarra de mi marido. Quería vender sus cursos por internet. Se la hice.

Y luego otro. Y luego otro.

Cinco años haciendo tiendas para gente que me llamaba.

Todo esto empezó porque una empresa inglesa cobraba tres mil euros al año por una web que su dueño no podía tocar.

Por eso no hago mantenimiento. Por eso te enseño a manejar la tuya.

No es una postura que haya elegido para diferenciarme. Es de dónde vengo.

Después han venido ocho tiendas online. Unas mías y otras de gente que me pagaba. Bicis, motos, zapatos de niño, joyería, gadgets, productos que se descargan y no se envían, distribución.

WooCommerce. Shopify. PrestaShop.

Nunca he dado un curso de comercio electrónico. He tenido comercio electrónico.

Y con eso he aprendido una cosa que no sale en ningún vídeo: el problema de una tienda online casi nunca es la tienda online.

Es el Excel del proveedor. Es la ficha que escribió alguien con prisa hace tres años. Es la web que tarda ocho segundos y el cliente que ya está en otra pestaña.

Es que el dueño hace de comercial, de almacén, de atención al cliente y de informático, y cuando llega a mejorar la tienda son las once de la noche.

Lo de las once de la noche no me lo invento. Es la hora a la que me llegan casi todos los correos de dueños de tienda. Sale en la hora del mensaje.

Trabajo sola. Y hay cosas que no sé hacer.

No soy una agencia. No soy un equipo. Soy una persona.

Cuando me escribes, te contesto yo. Cuando abro tu tienda, la abro yo. Cuando algo sale mal, no hay nadie detrás a quien echarle la culpa.

Esto tiene una parte mala y te la digo: si me pongo enferma, tu proyecto se para.

Llevo tres proyectos a la vez. Cuando están llenos, están llenos, y hay que esperar. Tardo. No empiezo mañana. Y no soy barata.

Lo que es cabeza —los textos, las fotos, qué productos empujar, cómo está montado el catálogo— lo hago yo.

Lo que es código no lo toco con mis manos. Que la web deje de tardar ocho segundos, las tripas del WooCommerce: eso lo dirijo, o se lo encargo a un técnico, y respondo yo de todo. No te voy a fingir que programo, porque no programo.

No hago mantenimiento. No cobro cuotas mensuales. Cuando termino, me voy.

Y como me voy, tengo que enseñarte a manejar tu tienda. No me queda otra. Es mi propio interés el que me obliga a que tú aprendas.

Lo que me molesta de este sector

Que hay mucha gente ganando dinero de que tú no sepas cambiar una foto.

Cada cambio pequeño es un correo, una espera de tres días y una factura. Y al final dejas de tener ideas, porque para qué vas a pensar en mejorar algo si mejorarlo cuesta eso.

Eso no es un servicio. Es una correa.

Yo escribo un correo al día para que sepas mirar tu propia tienda. La mayor parte de lo que cuento lo puedes hacer tú solo, sin pagarme un euro.

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